Que esta carta sirva de testimonio, para que no se diga que no lo advertí. Muchos me han tratado de loco y de volverme paranoico. Si hubieran visto las cosas que vi aquella vez, me entenderían, no darían crédito a las aberraciones que hay en las profundidades de la tierra o del mar, en este caso.
Esto que escribo a manera de despedida es nada más y nada menos que un “se los advertí”. Ya que a pesar de que esto me haya sido revelado – como desearía que otro hubiese sido elegido para ver tales abominaciones- dudo que haya fuerza humana posible para prevenir los eventos que vi aquel día. Yo me despido de este mundo, nada me queda que me aferre a él, y después de lo que vi, no tengo ningún motivo para revivir ninguno de esos eventos, que se que, más temprano que tarde ocurrirán.
Ese día fui a trabajar como cualquier otro día, en la aduana del puerto. Temprano en la mañana subía los escalones y revisaba la temperatura en los contenedores. El trabajo era tedioso, pero bien pagado. Además en las alturas tenía una preciosa vista de la costa de Valparaíso, el paso de sus barcos, el sonido del mar y la vista al plan, donde la gente, desde temprano acudía a sus trabajos.
Luego de la colación subimos a la azotea del edificio más alto, a fumarnos un cigarro, mirando al mar y hablando trivialidades. El mar azulado y cristalino estaba quieto, las lanchas con turistas paseaban, los grandes barcos con cargas iban y venían. Las gaviotas jugueteaban en los cielos y se precipitaban en el mar de vez en cuando buscando algo de comer. De pronto un resplandor vino sobre mis ojos, una luz blanca muy potente, cubrí mis ojos adoloridos con mis brazos. Al abrirlos, me costó recuperar la vista, veía todo borroso. Poco a poco comencé a ver todo con nitidez, estaba ahí mismo, en la aduana, sólo que ahora nada era como unos segundos atrás. El mar había avanzado por gran parte del plan, su color era un azul aún más cristalino, podía ver lo que había debajo del agua. Cardúmenes nadando con rapidez por las aguas a lo lejos ballenas danzando y saliendo a la superficie.
Grandes barcos surcaban el agua, diez veces más grandes que los más grandes que he visto en mi vida como trabajador portuario. Estaciones marinas donde se reparaban estos enormes barcos, del porte de ciudades, con grandes luces y brazos mecánicos reparando estas moles de metal, sacando los contenedores y apilándolos en enormes pilas de contenedores.
Al mirar a la derecha, veía la ciudad de Valparaíso, sin sus cerros, todo cubierto con grandes edificios blancos. Brillaban con el sol resplandeciente de un día de verano. Toda la ciudad parecía vestida de blanco, parecía una gran perla. Estaba maravillado con la hermosura de la ciudad.
De pronto un fuerte sismo me sacó del estado en que estaba y me hizo afirmarme con fuerza de la baranda de la azotea del edificio, todo se sacudía violentamente. Aferrado a la baranda vi con horror hacia el mar, el oleaje de un momento a otro se volvió loco. Grandes olas de más de diez metros se azotaban contra los barcos y estaciones marítimas. Era tan violento el oleaje que las estaciones comenzaron a volcarse quedando boca abajo. Los barcos eran arrastrados por las olas lanzando lejos a las lanchas turísticas, la gente caía al mar desesperada, muriendo ahogada o aplastadas por los barcos y contenedores. Uno de los barcos se precipitó contra una ballena, matándola. El cuerpo del cetáceo sin vida era lanzado al aire y revolcado en el mar. Una de las estaciones explotó, causando un gran estruendo, y un grupo de ballenas desesperadas se lanzó contra tierra firme causando un gran caos.
El cielo comenzó a ennegrecerse de golpe por una espesa nube oscura como la noche. Esta nubosidad parecía formarse de la nada, en forma de espiral y creciendo como un cáncer en el cielo. El mar, aún convulsionado, comenzó a ennegrecerse también, y a medida que la nube giraba sobre sí misma, en el mar se formaba un remolino gigante, que comenzó a hundir y arrastrar todo a su paso. El sismo no cesaba, los edificios comenzaron a desplomarse, transformando la bella ciudad resplandeciente en un montón de ruinas. El edificio en el que me encontraba comenzó a ladearse, hasta dar contra la cara del edificio contiguo, quedando inclinado. Yo aún aferrado a la baranda gritaba de terror, ahora afirmándome para no caer por la terraza al vacío.
Al mirar al mar nuevamente, y pensando que nada peor podría pasar, noté que algo comenzaba a salir del remolino del mar, que ya era de color petróleo. Una cabeza gigante como de un pulpo, cubierto con tentáculos que se movían como serpientes. Tenía también muchos moluscos incrustados al azar, algas marinas, que le daban un color verduzco. Dos grandes ojos salieron del mar, dos grandes ojos negros, vidriosos que miraban fijo hacia el cielo, como si no lo hubiera visto nunca en su horripilante vida. A la enorme cabeza cubierta de tentáculos, le siguieron hombros, grandes alas como de murciélago, luego el pecho, y el abdomen, llegando a incorporarse hasta la cadera. Era un monstruo con forma humana gigantesco, más grande que cualquier cosa que pudiera imaginarme en la peor de mis pesadillas. Alzó sus brazos al cielo y comenzó a vociferar cosas en un idioma olvidado, su voz era como un grito que hizo estremecer aún más la faz de la tierra. A pesar de no entender ninguna palabra, podía sentir que cada palabra que decía era maligna, cada letra pronunciada era la peor de las maldiciones jamás dichas.
Del mar comenzaron a salir monstruosidades, todas con tentáculos, garras, pinzas, llenas de deformidades, su despertar parecía estar llena de dolor y de lamento. Eran gigantes, pero no más grandes que el primer ser. Los restos de las ballenas que se balanceaban en el violento mar parecían pequeñísimas al lado de los monstruos. Comenzaron a salir del mar, hacia tierra firme, se instalaron en donde podían. Algunos se peleaban entre ellos por un lugar, hasta la muerte, vociferando gritos desgarradores, sonidos que al escucharse podían llevar al hombre a la locura.
No pude más y me puse a llorar de terror, el temor me tenía agarrotado donde me encontraba. El gran monstruo volteó su cabeza en mi dirección y me apuntó con su enorme dedo viscoso, pronunció unas palabras en su idioma, mi mirada se perdió en sus profundos ojos, lo que vi en ellos me hizo revolcarme de miedo, asco y dolor. De un segundo a otro una criatura arácnida, del porte de una vaca, se abalanzó contra mí, quedando encima mío. Debajo de sus patas se encontraba su boca, cubierto totalmente de dientes afilados. Abrió su gran boca dispuesto a devorarme. A pesar de querer cerrar mis ojos para no ver mi inminente final, el miedo me lo impidió. Finalmente de su agujero escupió una viscosidad que me cubrió el rostro y comenzó a quemarme como ácido. Comencé a gritar de dolor, sentí como mi cara se deshacía como mantequilla. Un haz de luz cubrió mi vista.
Grité con todas mi fuerzas y al abrir mis ojos de nuevo me encontré de nuevo en la terraza, aferrado a la baranda. Mire en todas direcciones y descubrí que todo estaba normal, como antes, nada había sucedido. Pero en realidad si pasó, lo sé, lo sentí. Mis compañeros se encontraban a mi lado asustados, mirándome como si fuese un loco. Me encontraba transpirado, con signos de haber llorado, me había orinado en los pantalones. Hice lo más sensato que podría haber hecho después de vivir lo que viví. Me lancé al vacío para terminar con mi pesadilla. Mientras caía, las imágenes volvían a mi mente, y retumbaban como si me agarraran a martillazos en la sien. Finalmente caí en el suelo de espaldas. Para mi desgracia ese no fue mi final, quedé vivo. Mi espalda se rompió por la mitad dejándome inválido, pero vivo.
Caí inconsciente, en sueños entendí lo que el gran monstruo me dijo. Su nombre Chtulhu, está aquí desde antes que la vida como la conocemos y entendemos existiera. El es caos y muerte, es el fin. Fui un desgraciado al haber visto lo que vi, ver en sus ojos fue caer en un abismo y perder mi alma. Hoy, postrado, me atrevo a escribir lo que me mostró, será lo último que escriba.
No puedo seguir viviendo viendo día y noche a esas criaturas, escuchando sus gritos y gruñidos, sentir el olor que expelían, pero sobre todo los ojos y las palabras de Chtulhu. Puede que en la muerte ya no me persigan sus malditas palabras.
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