Cristóbal salió en cuanto anocheció. Paramédico de profesión, vivía interactuando con la muerte cada día, luchando contra ella. Es esto lo que marcó un sentido espiritual muy fuerte en su vida. Católico por herencia familiar, esa noche se ponía su mochila y zapatos de outdoor para caminar. Debía pagar una manda a su patrona. Caminaría kilómetros, junto a miles de fieles, hasta llegar al templo en donde le orarían y agradecerían por los favores concedidos.
Cristóbal se reunió con Javiera, su novia hace 3 años, con quien compartía su fe. Ambos tomaron un microbús, que les acercara a la carretera. Desde ahí comenzaría su peregrinación.
Misteriosos y divinos son los caminos que llevan a Dios. Misteriosos y terribles son los caminos que puede tomar el hombre en nombre de Dios. Cristóbal y Javiera lo descubrirían.
En el camino de la peregrinación, uno puede ver gráficamente ambos senderos, el divino y el terrenal. En la caminata nocturna, Cristóbal y Javiera caminaban casi a tientas de la mano en medio de la carretera. Con linterna en mano iluminaban el sendero delante de ellos. Y los gritos y cantos en todas direcciones, les iban indicando señales de vida aparte de las de ellos.
Los cantos y gritos podían ser alabanzas a la virgen, o bien blasfemias y gritos de peregrinos alcoholizados, que aprovechaban la oportunidad viviendo como si fuese el último día de sus vidas. Curiosa analogía para lo que acontecería horas más tarde.
Cristóbal y Javiera se encontraron unos minutos más tarde con un grupo de fieles quienes les invitaron a compartir un plato de comida en medio de la oscuridad de la noche. Se veían buenas personas, por lo que aceptaron. Se trataba de una familia compuesta por un matrimonio, sus hijos pequeños, la abuela y una tía. Se encontraban descansando en una carpa, al lado de una laguna. Alrededor había una multitud de gente, también descansando o haciendo fiestas.
Esa laguna se le conocía por sus propiedades curativas. Los fieles decían que esas aguas estaban benditas. Muchos de ellos se bañaban en las aguas, la guardaban en envases como amuletos, o la bebían, como era el caso de la familia que acompañaba a la pareja. El padre de la familia invitó a la pareja a probar de esta agua. Javiera aceptó, esperando que aliviara su dolor en los pies, por la caminata, mientras que Cristóbal prefirió no beber. Sabía que, por muy milagrosa que fuese el agua, la cantidad de gente bañándose y lo poco potable de este líquido podría provocarle un dolor estomacal en el camino.
Pasaron varios minutos entre charlas con la familia, cuando se comenzaron a escuchar gritos en la multitud. Una mujer se acercó a la familia, y les relató entre lágrimas, que un grupo vio a la mismísima virgen por encima de una colina. Todos cogieron sus cosas y se pusieron en marcha a ver si podían ser tan afortunados en ver a su mismísima patrona.
Marcharon junto a una multitud de gente, todos fervientes de fe, cantando, saltando y orando. El ambiente era contagioso. Hasta los más escépticos parecían entusiasmados con la idea de ver la aparición. Muchos decían tener hasta retorcijones estomacales del nerviosismo. Comenzaron a adentrarse en el bosque, camino al monte donde había ocurrido el milagro. Cristóbal notaba que estaban alejándose demasiado de la carretera, lo cual encontraba peligroso. Javiera le replicó que con tanta gente alrededor nada podría pasar. Continuaron el camino.
La euforia estaba empezando a crecer en la gente. Alrededor de cien personas caminando en la misma dirección, comenzaban a gritar, a cantar a orar con más fuerza. En un instante se convirtió en un gran baile de la multitud. Saltaban, se empujaban, reían y lloraban de júbilo descontrolados. Cristóbal podía ver como entre la multitud, algunas personas caían, mientras las otras los pisoteaban. Las personas en el piso, sin embargo parecían eufóricas ante la emoción, sin notar como decenas de personas les pasaban encima. El paramédico notó lo peligroso que se estaba volviendo esto, y, aún tomado de la mano de Javiera la tomó, tirándola para salir de entremedio de la gente. Ella tironeaba para quedarse, contagiada de esta súbita alegría. Sin embargo, Cristóbal la cargó y salieron como pudieron de entre medio de la multitud.
Javiera comenzó a llorar por haberla sacado de ahí y lo único que quería era volver y ver a la virgen. Cristóbal le dijo que irían por su cuenta, siguiendo al grupo desde lejos, por seguridad. Sin embargo Javiera no lo escuchó y corrió de nuevo para sumergirse en el mar de gente. Cristóbal corrió tras ella, pero tropezó con lo que creyó era la raíz de un árbol, perdiéndola de vista. Era imposible encontrarla entre toda esa gente eufórica, por lo que decidió seguir al grupo, y una vez en el lugar donde se supone estaba la virgen, se dedicaría a buscarla.
En la penumbra de la noche, tanteó su linterna al costado de su pantalón, la prendió apuntando en dirección al obstáculo que le hizo tropezar. Un escalofrío recorrió su cuerpo al percatarse que no era una raíz de un árbol lo que interrumpió su carrera, sino la pierna de una persona. Cristóbal trató de asistir a la persona, pero se dio cuenta que era un cadáver, aplastado por la multitud de gente. Sin embargo el escalofrío fue mayor al observar el rostro de esta persona. En su rostro había una mueca que parecía ser una sonrisa, pero llevada al extremo. Las comisuras de los labios parecían llegar hasta las orejas, desgarrando la carne de sus labios, como si alguien le hubiese forzado a sonreír hasta romperle la boca. Cristóbal rápidamente revisó los ojos de el cadáver, estaban amarillentos, secos, las pupilas dilatadísimas. Advirtió que esto no era para nada normal. Aún estaba apuntándole con la luz de la linterna cuando algo parecido al cuerpo de una lombriz, se mostró por un orificio nasal.
Cristóbal, con su experiencia, tomó un extremo y comenzó a tirar. La lombriz luchaba por meterse, retorciéndose, luchando por volver a su refugio. El paramédico tiró con más fuerza. Mientras tiraba, notaba como la fosa nasal comenzaba a dilatarse, como si lo que había dentro del cadáver fuese más grande de lo que aparentaba. Finalmente, debido a la mucosidad del parásito, Cristóbal pudo sacarlo saltando hacia atrás del tirón. Inmediatamente sintió un pinchazo en su mano. Al ver, se dio cuenta que lo que había sacado no era una simple lombriz, sino una especie de parásito con varias patas en algo que parecía ser una concha, pero de una textura más viscosa. La criatura había tomado con las patas la mano de Cristóbal, y le estaba punzando con algo causándole un dolor terrible. Tomó con su otra mano la concha y trató de tirar, pero era inútil. La viscosidad del cuerpo del parásito y la fuerza con que estaba aferrado a su mano, hacía imposible que se lo pudiera sacar de encima. Desesperado ante la imagen de la criatura pegada a su mano, y el dolor indescriptible que sentía en su extremidad, Cristóbal comenzó a tantear buscando un palo o algo que le ayudase a matarle.
En la desesperación, Cristóbal tomó la decisión visceral de golpear con todas sus fuerzas su mano contra una roca, reventando al parásito, y de paso sintiendo como su mano se rompía en pedazos con el impacto. Sus gritos de dolor no acallaron los cantos y gritos de la gente, que se alejaba. Cristóbal quedaba sólo tomando su brazo, retorciéndose de dolor en el suelo del bosque. Entre lágrimas se incorporó y vendó su mano adolorida. Pensó que si esta cosa causó la muerte de ese sujeto, podía estar en cualquier otra persona en esa multitud. Debía llegar a Javiera, y sacarla de ahí.
Mientras corría miles de preguntas y respuestas cruzaban su mente ¿Cómo salió esa cosa de la nariz de ese tipo? Si había salido de su nariz, lo más probable era que estaba alojado en el cerebro. Si esa cosa era un parásito, probablemente se había introducido al ingerir algo, algún alimento, o líquido contaminado ¡El agua de la laguna! Claro, era una fuente de infecciones, entre toda esa gente. Probablemente el parásito podía entrar al ingerirse o de forma intracapilar, de ahí a través de los vasos sanguíneos hacerse paso hasta el cerebro. La apariencia del parásito le recordó al Cryptosporidium, una bacteria que está recubierta por una concha, la cual le protege, pero el tamaño y forma de comportarse le recordó al Sacculina Carcini, un parásito que afecta a los cangrejos, llegando hasta sus cerebros, y manipulándolos a “voluntad” para sobrevivir.
¡Dios mío, Javiera tomó de esa agua! – pensó- y corrió más aprisa, entre la espesura del bosque, ella necesitaría atención médica.
Mientras corría en la espesura del bosque, por lo que vio, se dio cuenta de que necesitaría más que atención médica, sino intervención divina. El camino estaba lleno de cadáveres y gente agonizante, que se retorcía en el suelo cantando y riendo descontroladas, hasta morir. Podía ver que muchas de las narices estaban adornadas con mostachos viscosos que bailaban. Todos estaban infectados. Probablemente esta euforia mágica era causada por el mismo parásito, quizás hasta la misma aparición de la virgen no era más que un delirio causado por esos visitantes inesperados en la materia gris de los creyentes.
Cristóbal corrió hasta el cansancio, comenzaba a amanecer, cuando logró interceptar al grupo. Se coló entre la multitud. La visión era espantosa. Las personas parecían no tener control sobre sus cuerpos, raciocinio o emociones. Saltaban, gritaban, reían, cantaban aunque sus cuerpos no les acompañaran. Había gente sin voz, que sangraban por sus bocas por tanto gritar, pero aún lo intentaban, los había con ojos rojos en tinta de tanto llorar, con piernas y brazos rotos por pisotones y caídas, pero aún bailando, hasta quienes reían de dolor por tanto reír pero no podían parar. Todos estaban alrededor de un monolito que parecía una gran mesa, en el centro, una mujer a la que todos parecían confundir con la virgen. Para Cristóbal, la imagen de la mujer era espantosa. Se trataba de una mujer de ojos vacios y tristes, delgada al punto de la desnutrición. Estaba cubierta por una especie de túnica y en su cabeza una especie de corona. Cristóbal pudo notar que esta “corona” no estaba puesta sobre su cabeza, sino que en realidad, salía de su cráneo. Tenía el mismo aspecto de la concha que recubría al parásito que el paramédico había sacado del cadáver, sólo que más grande y más grotesco.
La mujer parecía no tener control sobre sí misma, sino que algo hacía que se moviera contra su voluntad, si es que la tenía. Sostenía una especie de fuente, con un líquido viscoso en su interior. Uno a uno, los infectados comenzaron a subir retorciéndose o arrastrándose, hasta la mujer, quien les introducía este líquido por su nariz. Una vez pasado esto, los sujetos convulsionaban hasta el desmayo, para reincorporarse, actuando como si estuviesen curadas e, ignorando lo que ocurría a su alrededor, volvían la marcha camino a la carretera.
Cristóbal se estaba volviendo loco, no podía dar crédito al espectáculo que estaba presenciando. Comenzó a buscar a Javiera, hasta que la Javiera misma lo tomó del brazo sano y lo apartó. Ante la pregunta de Cristóbal de si estaba bien, si se sentía normal Javiera respondió – larguémonos.
Dejaron atrás el macabro espectáculo. Cristóbal estaba exhausto, todo lo que vio lo había afectado, finalmente se desmayó.
Despertó en casa de su novia. Se levantó algo débil. Vio a Javiera en la cocina, preparándole algo para que se repusiera. Todo parecía normal. Cristóbal no sabía si todo había sido una pesadilla, creía que se había vuelto loco, pero no preguntó nada. Javiera lo invitó a la mesa y le sirvió una sopa. Cristóbal tomó unos sorbos, estaba desabrida, viscosa. Puso los ojos como plato y corrió a vomitar al baño. Sabía lo que había tomado. Miró a través del espejo sus fosas nasales. Pudo ver que algo se asomaba y se retorcía.
Los gritos se escucharon en todo el vecindario.
El resto fue noticia, o una parte de ella. “Cristóbal Paredes, de profesión paramédico, asesinó a su novia en su dependencia, introduciendo un destornillador por su nariz. Acto seguido Se quitó la vida de la misma manera. Los vecinos no dan crédito a lo sucedido: Era un buen muchacho- decían- y se querían mucho, Dios los tenga en su reino”.
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