sábado, 25 de septiembre de 2010

El llanto en la tormenta

Una fuerte tormenta de viento y lluvia azotaba a este pequeño pueblo pesquero rural del sur del país. En medio de la noche una pequeña casa es abatida por la lluvia, la casa de José Crisóstomo, un pescador artesanal de la zona, adornada con herramientas de trabajo, como redes de pesca, trampas para cangrejos y partes de autos.

Repentinamente un relámpago raja el cielo, prendiendo el cielo y dejando sin energía eléctrica la casa de don José. A lo lejos, entre los truenos, la lluvia golpeando los techos y los ladridos de perros, se distingue el llanto de un bebé, casi indescifrable.

En el comedor de la casa, iluminada sólo por los relámpagos, se distingue una mesa de madera, un plato de comida a medio terminar y unos estantes polvorientos con latas de conserva y loza. En la oscuridad, el pescador busca a tientas algo en los estantes. Don José da con lo que busca, dándose vuelta con una linterna en la mano. La mano grande y fuerte del hombre de edad que trabaja con las manos, prende la linterna apuntando en dirección al umbral de la puerta trasera. El pulso de la mano del hombre indica que está nervioso, el llanto del bebé lo inquieta, la luz de la linterna es errática. Toma con las dos manos el utensilio y camina lentamente en dirección al llanto.

El hombre toma la manilla de la puerta, abriéndola. La vista del patio trasero de su pequeña casa, iluminada por la linterna, el resto sombras, el ruido de la tormenta y el llanto del niño que proviene de su patio – alguien abandonó a un niño- piensa. Baja con cautela los escalones cubiertos de barro, apunta la luz al piso para no tropezar, para su sorpresa descubre que no sólo barro constituye lo resbaloso del suelo, sino también rastros de sangre. Un escalofrío recorre su espalda, pero su curiosidad por encontrar al niño es mayor. Empapado hasta los huesos, José sigue el rastro de sangre, el rastro termina en los arbustos, al final de su pequeño terreno. El llanto parece originarse desde aquí.

En la oscuridad de la noche, la silueta del pescador se distingue, moviendo los arbustos con una mano y con la otra sosteniendo la temblorosa luz que proviene de la linterna. El susto hace saltar al pescador al apuntar con la luz al origen de la sangre, un pequeño cadáver de un perro destripado. La imagen se vuelve más horripilante al ver que, junto al perro muerto se dibuja la figura de un bebé, desnudo, jugando con las entrañas del animal, apenas alcanzado por la luz de la linterna. El pequeño eleva su rostro hacia la luz, su rostro deformado, los ojos totalmente negros, profundos como la noche de esta tormenta, su rostro cubierto de baba y sangre. Muestra una mueca agresiva, pequeños dientes afilados se dibujan en la pequeña boca, emitiendo un pequeño gruñido, parecido al llanto de un bebé.

El hombre asustado da un brinco de terror hacia atrás, gritando y tropezando, soltando la linterna, que se eleva por el aire, girando e iluminando al azar el patio del pescador. Al mismo tiempo el pequeño engendro salta en dirección al rostro del pescador. La linterna cae, finalmente en un charco de barro, apagándose.

La fuerte tormenta acalla los gritos de terror del pobre pescador. En la oscuridad de la noche, un relámpago estampa la figura del hombre tirado en el suelo, contra la pared de la casa, sobre él, se ve al pequeño monstruo, dándose un festín con sus tripas. Un segundo se puede ver la horrorosa escena, delatada por ese relámpago. Luego la tormenta y la noche acallan la escena.

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