sábado, 25 de septiembre de 2010

Una mirada al fin

Que esta carta sirva de testimonio, para que no se diga que no lo advertí. Muchos me han tratado de loco y de volverme paranoico. Si hubieran visto las cosas que vi aquella vez, me entenderían, no darían crédito a las aberraciones que hay en las profundidades de la tierra o del mar, en este caso.
Esto que escribo a manera de despedida es nada más y nada menos que un “se los advertí”. Ya que a pesar de que esto me haya sido revelado – como desearía que otro hubiese sido elegido para ver tales abominaciones- dudo que haya fuerza humana posible para prevenir los eventos que vi aquel día. Yo me despido de este mundo, nada me queda que me aferre a él, y después de lo que vi, no tengo ningún motivo para revivir ninguno de esos eventos, que se que, más temprano que tarde ocurrirán.

Ese día fui a trabajar como cualquier otro día, en la aduana del puerto. Temprano en la mañana subía los escalones y revisaba la temperatura en los contenedores. El trabajo era tedioso, pero bien pagado. Además en las alturas tenía una preciosa vista de la costa de Valparaíso, el paso de sus barcos, el sonido del mar y la vista al plan, donde la gente, desde temprano acudía a sus trabajos.
Luego de la colación subimos a la azotea del edificio más alto, a fumarnos un cigarro, mirando al mar y hablando trivialidades. El mar azulado y cristalino estaba quieto, las lanchas con turistas paseaban, los grandes barcos con cargas iban y venían. Las gaviotas jugueteaban en los cielos y se precipitaban en el mar de vez en cuando buscando algo de comer. De pronto un resplandor vino sobre mis ojos, una luz blanca muy potente, cubrí mis ojos adoloridos con mis brazos. Al abrirlos, me costó recuperar la vista, veía todo borroso. Poco a poco comencé a ver todo con nitidez, estaba ahí mismo, en la aduana, sólo que ahora nada era como unos segundos atrás. El mar había avanzado por gran parte del plan, su color era un azul aún más cristalino, podía ver lo que había debajo del agua. Cardúmenes nadando con rapidez por las aguas a lo lejos ballenas danzando y saliendo a la superficie.
Grandes barcos surcaban el agua, diez veces más grandes que los más grandes que he visto en mi vida como trabajador portuario. Estaciones marinas donde se reparaban estos enormes barcos, del porte de ciudades, con grandes luces y brazos mecánicos reparando estas moles de metal, sacando los contenedores y apilándolos en enormes pilas de contenedores.
Al mirar a la derecha, veía la ciudad de Valparaíso, sin sus cerros, todo cubierto con grandes edificios blancos. Brillaban con el sol resplandeciente de un día de verano. Toda la ciudad parecía vestida de blanco, parecía una gran perla. Estaba maravillado con la hermosura de la ciudad.

De pronto un fuerte sismo me sacó del estado en que estaba y me hizo afirmarme con fuerza de la baranda de la azotea del edificio, todo se sacudía violentamente. Aferrado a la baranda vi con horror hacia el mar, el oleaje de un momento a otro se volvió loco. Grandes olas de más de diez metros se azotaban contra los barcos y estaciones marítimas. Era tan violento el oleaje que las estaciones comenzaron a volcarse quedando boca abajo. Los barcos eran arrastrados por las olas lanzando lejos a las lanchas turísticas, la gente caía al mar desesperada, muriendo ahogada o aplastadas por los barcos y contenedores. Uno de los barcos se precipitó contra una ballena, matándola. El cuerpo del cetáceo sin vida era lanzado al aire y revolcado en el mar. Una de las estaciones explotó, causando un gran estruendo, y un grupo de ballenas desesperadas se lanzó contra tierra firme causando un gran caos.
El cielo comenzó a ennegrecerse de golpe por una espesa nube oscura como la noche. Esta nubosidad parecía formarse de la nada, en forma de espiral y creciendo como un cáncer en el cielo. El mar, aún convulsionado, comenzó a ennegrecerse también, y a medida que la nube giraba sobre sí misma, en el mar se formaba un remolino gigante, que comenzó a hundir y arrastrar todo a su paso. El sismo no cesaba, los edificios comenzaron a desplomarse, transformando la bella ciudad resplandeciente en un montón de ruinas. El edificio en el que me encontraba comenzó a ladearse, hasta dar contra la cara del edificio contiguo, quedando inclinado. Yo aún aferrado a la baranda gritaba de terror, ahora afirmándome para no caer por la terraza al vacío.
Al mirar al mar nuevamente, y pensando que nada peor podría pasar, noté que algo comenzaba a salir del remolino del mar, que ya era de color petróleo. Una cabeza gigante como de un pulpo, cubierto con tentáculos que se movían como serpientes. Tenía también muchos moluscos incrustados al azar, algas marinas, que le daban un color verduzco. Dos grandes ojos salieron del mar, dos grandes ojos negros, vidriosos que miraban fijo hacia el cielo, como si no lo hubiera visto nunca en su horripilante vida. A la enorme cabeza cubierta de tentáculos, le siguieron hombros, grandes alas como de murciélago, luego el pecho, y el abdomen, llegando a incorporarse hasta la cadera. Era un monstruo con forma humana gigantesco, más grande que cualquier cosa que pudiera imaginarme en la peor de mis pesadillas. Alzó sus brazos al cielo y comenzó a vociferar cosas en un idioma olvidado, su voz era como un grito que hizo estremecer aún más la faz de la tierra. A pesar de no entender ninguna palabra, podía sentir que cada palabra que decía era maligna, cada letra pronunciada era la peor de las maldiciones jamás dichas.
Del mar comenzaron a salir monstruosidades, todas con tentáculos, garras, pinzas, llenas de deformidades, su despertar parecía estar llena de dolor y de lamento. Eran gigantes, pero no más grandes que el primer ser. Los restos de las ballenas que se balanceaban en el violento mar parecían pequeñísimas al lado de los monstruos. Comenzaron a salir del mar, hacia tierra firme, se instalaron en donde podían. Algunos se peleaban entre ellos por un lugar, hasta la muerte, vociferando gritos desgarradores, sonidos que al escucharse podían llevar al hombre a la locura.
No pude más y me puse a llorar de terror, el temor me tenía agarrotado donde me encontraba. El gran monstruo volteó su cabeza en mi dirección y me apuntó con su enorme dedo viscoso, pronunció unas palabras en su idioma, mi mirada se perdió en sus profundos ojos, lo que vi en ellos me hizo revolcarme de miedo, asco y dolor. De un segundo a otro una criatura arácnida, del porte de una vaca, se abalanzó contra mí, quedando encima mío. Debajo de sus patas se encontraba su boca, cubierto totalmente de dientes afilados. Abrió su gran boca dispuesto a devorarme. A pesar de querer cerrar mis ojos para no ver mi inminente final, el miedo me lo impidió. Finalmente de su agujero escupió una viscosidad que me cubrió el rostro y comenzó a quemarme como ácido. Comencé a gritar de dolor, sentí como mi cara se deshacía como mantequilla. Un haz de luz cubrió mi vista.

Grité con todas mi fuerzas y al abrir mis ojos de nuevo me encontré de nuevo en la terraza, aferrado a la baranda. Mire en todas direcciones y descubrí que todo estaba normal, como antes, nada había sucedido. Pero en realidad si pasó, lo sé, lo sentí. Mis compañeros se encontraban a mi lado asustados, mirándome como si fuese un loco. Me encontraba transpirado, con signos de haber llorado, me había orinado en los pantalones. Hice lo más sensato que podría haber hecho después de vivir lo que viví. Me lancé al vacío para terminar con mi pesadilla. Mientras caía, las imágenes volvían a mi mente, y retumbaban como si me agarraran a martillazos en la sien. Finalmente caí en el suelo de espaldas. Para mi desgracia ese no fue mi final, quedé vivo. Mi espalda se rompió por la mitad dejándome inválido, pero vivo.
Caí inconsciente, en sueños entendí lo que el gran monstruo me dijo. Su nombre Chtulhu, está aquí desde antes que la vida como la conocemos y entendemos existiera. El es caos y muerte, es el fin. Fui un desgraciado al haber visto lo que vi, ver en sus ojos fue caer en un abismo y perder mi alma. Hoy, postrado, me atrevo a escribir lo que me mostró, será lo último que escriba.

No puedo seguir viviendo viendo día y noche a esas criaturas, escuchando sus gritos y gruñidos, sentir el olor que expelían, pero sobre todo los ojos y las palabras de Chtulhu. Puede que en la muerte ya no me persigan sus malditas palabras.

El llanto en la tormenta

Una fuerte tormenta de viento y lluvia azotaba a este pequeño pueblo pesquero rural del sur del país. En medio de la noche una pequeña casa es abatida por la lluvia, la casa de José Crisóstomo, un pescador artesanal de la zona, adornada con herramientas de trabajo, como redes de pesca, trampas para cangrejos y partes de autos.

Repentinamente un relámpago raja el cielo, prendiendo el cielo y dejando sin energía eléctrica la casa de don José. A lo lejos, entre los truenos, la lluvia golpeando los techos y los ladridos de perros, se distingue el llanto de un bebé, casi indescifrable.

En el comedor de la casa, iluminada sólo por los relámpagos, se distingue una mesa de madera, un plato de comida a medio terminar y unos estantes polvorientos con latas de conserva y loza. En la oscuridad, el pescador busca a tientas algo en los estantes. Don José da con lo que busca, dándose vuelta con una linterna en la mano. La mano grande y fuerte del hombre de edad que trabaja con las manos, prende la linterna apuntando en dirección al umbral de la puerta trasera. El pulso de la mano del hombre indica que está nervioso, el llanto del bebé lo inquieta, la luz de la linterna es errática. Toma con las dos manos el utensilio y camina lentamente en dirección al llanto.

El hombre toma la manilla de la puerta, abriéndola. La vista del patio trasero de su pequeña casa, iluminada por la linterna, el resto sombras, el ruido de la tormenta y el llanto del niño que proviene de su patio – alguien abandonó a un niño- piensa. Baja con cautela los escalones cubiertos de barro, apunta la luz al piso para no tropezar, para su sorpresa descubre que no sólo barro constituye lo resbaloso del suelo, sino también rastros de sangre. Un escalofrío recorre su espalda, pero su curiosidad por encontrar al niño es mayor. Empapado hasta los huesos, José sigue el rastro de sangre, el rastro termina en los arbustos, al final de su pequeño terreno. El llanto parece originarse desde aquí.

En la oscuridad de la noche, la silueta del pescador se distingue, moviendo los arbustos con una mano y con la otra sosteniendo la temblorosa luz que proviene de la linterna. El susto hace saltar al pescador al apuntar con la luz al origen de la sangre, un pequeño cadáver de un perro destripado. La imagen se vuelve más horripilante al ver que, junto al perro muerto se dibuja la figura de un bebé, desnudo, jugando con las entrañas del animal, apenas alcanzado por la luz de la linterna. El pequeño eleva su rostro hacia la luz, su rostro deformado, los ojos totalmente negros, profundos como la noche de esta tormenta, su rostro cubierto de baba y sangre. Muestra una mueca agresiva, pequeños dientes afilados se dibujan en la pequeña boca, emitiendo un pequeño gruñido, parecido al llanto de un bebé.

El hombre asustado da un brinco de terror hacia atrás, gritando y tropezando, soltando la linterna, que se eleva por el aire, girando e iluminando al azar el patio del pescador. Al mismo tiempo el pequeño engendro salta en dirección al rostro del pescador. La linterna cae, finalmente en un charco de barro, apagándose.

La fuerte tormenta acalla los gritos de terror del pobre pescador. En la oscuridad de la noche, un relámpago estampa la figura del hombre tirado en el suelo, contra la pared de la casa, sobre él, se ve al pequeño monstruo, dándose un festín con sus tripas. Un segundo se puede ver la horrorosa escena, delatada por ese relámpago. Luego la tormenta y la noche acallan la escena.

Corpus Crypto

Cristóbal salió en cuanto anocheció. Paramédico de profesión, vivía interactuando con la muerte cada día, luchando contra ella. Es esto lo que marcó un sentido espiritual muy fuerte en su vida. Católico por herencia familiar, esa noche se ponía su mochila y zapatos de outdoor para caminar. Debía pagar una manda a su patrona. Caminaría kilómetros, junto a miles de fieles, hasta llegar al templo en donde le orarían y agradecerían por los favores concedidos.

Cristóbal se reunió con Javiera, su novia hace 3 años, con quien compartía su fe. Ambos tomaron un microbús, que les acercara a la carretera. Desde ahí comenzaría su peregrinación.

Misteriosos y divinos son los caminos que llevan a Dios. Misteriosos y terribles son los caminos que puede tomar el hombre en nombre de Dios. Cristóbal y Javiera lo descubrirían.

En el camino de la peregrinación, uno puede ver gráficamente ambos senderos, el divino y el terrenal. En la caminata nocturna, Cristóbal y Javiera caminaban casi a tientas de la mano en medio de la carretera. Con linterna en mano iluminaban el sendero delante de ellos. Y los gritos y cantos en todas direcciones, les iban indicando señales de vida aparte de las de ellos.

Los cantos y gritos podían ser alabanzas a la virgen, o bien blasfemias y gritos de peregrinos alcoholizados, que aprovechaban la oportunidad viviendo como si fuese el último día de sus vidas. Curiosa analogía para lo que acontecería horas más tarde.

Cristóbal y Javiera se encontraron unos minutos más tarde con un grupo de fieles quienes les invitaron a compartir un plato de comida en medio de la oscuridad de la noche. Se veían buenas personas, por lo que aceptaron. Se trataba de una familia compuesta por un matrimonio, sus hijos pequeños, la abuela y una tía. Se encontraban descansando en una carpa, al lado de una laguna. Alrededor había una multitud de gente, también descansando o haciendo fiestas.

Esa laguna se le conocía por sus propiedades curativas. Los fieles decían que esas aguas estaban benditas. Muchos de ellos se bañaban en las aguas, la guardaban en envases como amuletos, o la bebían, como era el caso de la familia que acompañaba a la pareja. El padre de la familia invitó a la pareja a probar de esta agua. Javiera aceptó, esperando que aliviara su dolor en los pies, por la caminata, mientras que Cristóbal prefirió no beber. Sabía que, por muy milagrosa que fuese el agua, la cantidad de gente bañándose y lo poco potable de este líquido podría provocarle un dolor estomacal en el camino.

Pasaron varios minutos entre charlas con la familia, cuando se comenzaron a escuchar gritos en la multitud. Una mujer se acercó a la familia, y les relató entre lágrimas, que un grupo vio a la mismísima virgen por encima de una colina. Todos cogieron sus cosas y se pusieron en marcha a ver si podían ser tan afortunados en ver a su mismísima patrona.

Marcharon junto a una multitud de gente, todos fervientes de fe, cantando, saltando y orando. El ambiente era contagioso. Hasta los más escépticos parecían entusiasmados con la idea de ver la aparición. Muchos decían tener hasta retorcijones estomacales del nerviosismo. Comenzaron a adentrarse en el bosque, camino al monte donde había ocurrido el milagro. Cristóbal notaba que estaban alejándose demasiado de la carretera, lo cual encontraba peligroso. Javiera le replicó que con tanta gente alrededor nada podría pasar. Continuaron el camino.

La euforia estaba empezando a crecer en la gente. Alrededor de cien personas caminando en la misma dirección, comenzaban a gritar, a cantar a orar con más fuerza. En un instante se convirtió en un gran baile de la multitud. Saltaban, se empujaban, reían y lloraban de júbilo descontrolados. Cristóbal podía ver como entre la multitud, algunas personas caían, mientras las otras los pisoteaban. Las personas en el piso, sin embargo parecían eufóricas ante la emoción, sin notar como decenas de personas les pasaban encima. El paramédico notó lo peligroso que se estaba volviendo esto, y, aún tomado de la mano de Javiera la tomó, tirándola para salir de entremedio de la gente. Ella tironeaba para quedarse, contagiada de esta súbita alegría. Sin embargo, Cristóbal la cargó y salieron como pudieron de entre medio de la multitud.

Javiera comenzó a llorar por haberla sacado de ahí y lo único que quería era volver y ver a la virgen. Cristóbal le dijo que irían por su cuenta, siguiendo al grupo desde lejos, por seguridad. Sin embargo Javiera no lo escuchó y corrió de nuevo para sumergirse en el mar de gente. Cristóbal corrió tras ella, pero tropezó con lo que creyó era la raíz de un árbol, perdiéndola de vista. Era imposible encontrarla entre toda esa gente eufórica, por lo que decidió seguir al grupo, y una vez en el lugar donde se supone estaba la virgen, se dedicaría a buscarla.

En la penumbra de la noche, tanteó su linterna al costado de su pantalón, la prendió apuntando en dirección al obstáculo que le hizo tropezar. Un escalofrío recorrió su cuerpo al percatarse que no era una raíz de un árbol lo que interrumpió su carrera, sino la pierna de una persona. Cristóbal trató de asistir a la persona, pero se dio cuenta que era un cadáver, aplastado por la multitud de gente. Sin embargo el escalofrío fue mayor al observar el rostro de esta persona. En su rostro había una mueca que parecía ser una sonrisa, pero llevada al extremo. Las comisuras de los labios parecían llegar hasta las orejas, desgarrando la carne de sus labios, como si alguien le hubiese forzado a sonreír hasta romperle la boca. Cristóbal rápidamente revisó los ojos de el cadáver, estaban amarillentos, secos, las pupilas dilatadísimas. Advirtió que esto no era para nada normal. Aún estaba apuntándole con la luz de la linterna cuando algo parecido al cuerpo de una lombriz, se mostró por un orificio nasal.

Cristóbal, con su experiencia, tomó un extremo y comenzó a tirar. La lombriz luchaba por meterse, retorciéndose, luchando por volver a su refugio. El paramédico tiró con más fuerza. Mientras tiraba, notaba como la fosa nasal comenzaba a dilatarse, como si lo que había dentro del cadáver fuese más grande de lo que aparentaba. Finalmente, debido a la mucosidad del parásito, Cristóbal pudo sacarlo saltando hacia atrás del tirón. Inmediatamente sintió un pinchazo en su mano. Al ver, se dio cuenta que lo que había sacado no era una simple lombriz, sino una especie de parásito con varias patas en algo que parecía ser una concha, pero de una textura más viscosa. La criatura había tomado con las patas la mano de Cristóbal, y le estaba punzando con algo causándole un dolor terrible. Tomó con su otra mano la concha y trató de tirar, pero era inútil. La viscosidad del cuerpo del parásito y la fuerza con que estaba aferrado a su mano, hacía imposible que se lo pudiera sacar de encima. Desesperado ante la imagen de la criatura pegada a su mano, y el dolor indescriptible que sentía en su extremidad, Cristóbal comenzó a tantear buscando un palo o algo que le ayudase a matarle.

En la desesperación, Cristóbal tomó la decisión visceral de golpear con todas sus fuerzas su mano contra una roca, reventando al parásito, y de paso sintiendo como su mano se rompía en pedazos con el impacto. Sus gritos de dolor no acallaron los cantos y gritos de la gente, que se alejaba. Cristóbal quedaba sólo tomando su brazo, retorciéndose de dolor en el suelo del bosque. Entre lágrimas se incorporó y vendó su mano adolorida. Pensó que si esta cosa causó la muerte de ese sujeto, podía estar en cualquier otra persona en esa multitud. Debía llegar a Javiera, y sacarla de ahí.

Mientras corría miles de preguntas y respuestas cruzaban su mente ¿Cómo salió esa cosa de la nariz de ese tipo? Si había salido de su nariz, lo más probable era que estaba alojado en el cerebro. Si esa cosa era un parásito, probablemente se había introducido al ingerir algo, algún alimento, o líquido contaminado ¡El agua de la laguna! Claro, era una fuente de infecciones, entre toda esa gente. Probablemente el parásito podía entrar al ingerirse o de forma intracapilar, de ahí a través de los vasos sanguíneos hacerse paso hasta el cerebro. La apariencia del parásito le recordó al Cryptosporidium, una bacteria que está recubierta por una concha, la cual le protege, pero el tamaño y forma de comportarse le recordó al Sacculina Carcini, un parásito que afecta a los cangrejos, llegando hasta sus cerebros, y manipulándolos a “voluntad” para sobrevivir.

¡Dios mío, Javiera tomó de esa agua! – pensó- y corrió más aprisa, entre la espesura del bosque, ella necesitaría atención médica.

Mientras corría en la espesura del bosque, por lo que vio, se dio cuenta de que necesitaría más que atención médica, sino intervención divina. El camino estaba lleno de cadáveres y gente agonizante, que se retorcía en el suelo cantando y riendo descontroladas, hasta morir. Podía ver que muchas de las narices estaban adornadas con mostachos viscosos que bailaban. Todos estaban infectados. Probablemente esta euforia mágica era causada por el mismo parásito, quizás hasta la misma aparición de la virgen no era más que un delirio causado por esos visitantes inesperados en la materia gris de los creyentes.

Cristóbal corrió hasta el cansancio, comenzaba a amanecer, cuando logró interceptar al grupo. Se coló entre la multitud. La visión era espantosa. Las personas parecían no tener control sobre sus cuerpos, raciocinio o emociones. Saltaban, gritaban, reían, cantaban aunque sus cuerpos no les acompañaran. Había gente sin voz, que sangraban por sus bocas por tanto gritar, pero aún lo intentaban, los había con ojos rojos en tinta de tanto llorar, con piernas y brazos rotos por pisotones y caídas, pero aún bailando, hasta quienes reían de dolor por tanto reír pero no podían parar. Todos estaban alrededor de un monolito que parecía una gran mesa, en el centro, una mujer a la que todos parecían confundir con la virgen. Para Cristóbal, la imagen de la mujer era espantosa. Se trataba de una mujer de ojos vacios y tristes, delgada al punto de la desnutrición. Estaba cubierta por una especie de túnica y en su cabeza una especie de corona. Cristóbal pudo notar que esta “corona” no estaba puesta sobre su cabeza, sino que en realidad, salía de su cráneo. Tenía el mismo aspecto de la concha que recubría al parásito que el paramédico había sacado del cadáver, sólo que más grande y más grotesco.

La mujer parecía no tener control sobre sí misma, sino que algo hacía que se moviera contra su voluntad, si es que la tenía. Sostenía una especie de fuente, con un líquido viscoso en su interior. Uno a uno, los infectados comenzaron a subir retorciéndose o arrastrándose, hasta la mujer, quien les introducía este líquido por su nariz. Una vez pasado esto, los sujetos convulsionaban hasta el desmayo, para reincorporarse, actuando como si estuviesen curadas e, ignorando lo que ocurría a su alrededor, volvían la marcha camino a la carretera.

Cristóbal se estaba volviendo loco, no podía dar crédito al espectáculo que estaba presenciando. Comenzó a buscar a Javiera, hasta que la Javiera misma lo tomó del brazo sano y lo apartó. Ante la pregunta de Cristóbal de si estaba bien, si se sentía normal Javiera respondió – larguémonos.

Dejaron atrás el macabro espectáculo. Cristóbal estaba exhausto, todo lo que vio lo había afectado, finalmente se desmayó.

Despertó en casa de su novia. Se levantó algo débil. Vio a Javiera en la cocina, preparándole algo para que se repusiera. Todo parecía normal. Cristóbal no sabía si todo había sido una pesadilla, creía que se había vuelto loco, pero no preguntó nada. Javiera lo invitó a la mesa y le sirvió una sopa. Cristóbal tomó unos sorbos, estaba desabrida, viscosa. Puso los ojos como plato y corrió a vomitar al baño. Sabía lo que había tomado. Miró a través del espejo sus fosas nasales. Pudo ver que algo se asomaba y se retorcía.

Los gritos se escucharon en todo el vecindario.

El resto fue noticia, o una parte de ella. “Cristóbal Paredes, de profesión paramédico, asesinó a su novia en su dependencia, introduciendo un destornillador por su nariz. Acto seguido Se quitó la vida de la misma manera. Los vecinos no dan crédito a lo sucedido: Era un buen muchacho- decían- y se querían mucho, Dios los tenga en su reino”.